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Extremos ideológicos: Un cáncer en la sociedad

  • Isabel Castrillón
  • 5 may 2017
  • 3 Min. de lectura

La política constituye uno de los asuntos más complejos a la hora de discutir. Siempre existen opiniones encontradas, experiencias vividas, revisiones de contexto, entre otros elementos que surgen en dichos momentos. Por un lado, es gratificante que después de un arduo periodo de lucha por la reivindicación de derechos fundamentales sea posible la participación política, o por lo menos la libertad de opinión. Sin embargo, lo que no se tiene en cuenta al mencionar esta clase de derechos, es que se necesita de cierto criterio para lograr una participación democrática efectiva.


Es de saber que todos tenemos una posición al respecto y que en especial, el ambiente colombiano en este tema está bastante polarizado. Sin embargo, el problema no es tener una opinión, porque todos debemos tenerla. El problema es cómo se forma dicha posición y como se expresa. El proceso de Colombia como país siempre ha estado marcado por dos grandes bandos que prevalecen con el paso del tiempo: La derecha y la izquierda. Ambas han tenido la oportunidad de confrontar los conflictos dados en el seno de la sociedad y por distintas circunstancias han vivido en guerra. Surge el siguiente interrogante ¿por qué después de tanto tiempo no han podido ponerse de acuerdo estos dos bandos?


Si bien es cierto que cada una ha tenido aportes importantes a la resolución de percances, los errores más comunes que impiden el progreso radican en el extremismo que manejan algunos de sus integrantes y la falta de cohesión con las otras ramas ideológicas. Ambas corrientes han reflejado la imagen de enemigos irreconciliables y por ende, siempre entran en fuertes y acaloradas discusiones a la hora de debatir asuntos de suma importancia. A la hora de la verdad, los conflictos dados al interior de las ramas del poder público, especialmente la legislativa y la ejecutiva, se centran más en las diferencias rotundas sin pensar realmente en que es lo mejor para Colombia.



El problema no está en simpatizar con alguna de las dos formas principales de hacer política. El gran lío empieza cuando la pasión por nuestros argumentos nos ciega y nos hace creer que no hay razón para oír al resto, por lo cual adquirimos un pensamiento extremista. En el conflicto interno es necesario reconocer que todos han tenido responsabilidad en el asunto y nadie sale exento de pecado. Cualquier extremo ideológico es un cáncer para la sociedad, porque denota la intolerancia en la que estamos sumergidos día a día, la renuencia a colocarnos en los zapatos del otro y una furia insana que nos lleva a derramar sangre con tal de imponer nuestro pensamiento.


Con lo mencionado anteriormente, es pertinente reconocer que cuando una ideología política cae en los extremos, el pensamiento se cae por la sublevación de los instintos y pasiones más bajas. En este punto considero muy necesario apelar por los puntos medios de los que alguna vez habló Aristóteles. Estar en una posición central no significa falta de criterio; significa tener la suficiente madurez intelectual para poder vivir en la pluralidad y enriquecernos con modos de vivir distintos. Si tan solo pensáramos por un momento en lo necesaria y útil que resultaría una coalición entre ambas corrientes y todas las que pudieran surgir; si realmente se instruyera, no para politizarnos y enmarcarnos en una de las dos, sino para aprender a cuestionarnos y tener una conciencia crítica, sería posible buscar soluciones en vez de culpables. Defender una posición que creemos políticamente correcta o racional no nos da ningún tipo de superioridad mental. Por el contrario, esa arrogancia nos acerca más a la estupidez y la ignorancia. Algún día tenemos que entender que incluso las personas con opiniones polémicas, sea por su religión, preferencias, ideología política o simplemente su forma de ver la vida, tienen derecho a ser escuchadas sin que se les discrimine, amenace o menosprecie por ello.


Una forma efectiva de participación democrática, se daría en medio del reconocimiento del conflicto y los problemas colombianos con el objetivo de buscar alternativas y no únicamente quien tiene más responsabilidad en los hechos. No se trata sólo de la memoria por sí misma, sino de analizar propuestas que se puedan adaptar a nuestro contexto. La verdadera democracia se da en medio de la pluralidad y el reconocimiento de otras opiniones que puedan mejorar las propias. Más allá de la doble moral, la solución no se encuentra criticando cómodamente a través de las culpas; se logra aprendiendo de los errores e integrando los buenos aportes que vayan dejando cada una de las ideologías políticas que marquen el rumbo de esta nación. Para construir una paz estable y duradera es necesario empezar desde lo más simple: aprender a compartir con el otro y respetar lo que piensa.


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